ya veo... —dijo el vampiro, pensativo, y lentamente cruzó la habitación hacia la
ventana. Durante largo rato, se quedó allí contra la luz mortecina de la calle
Divisadero y los focos intermitentes del tránsito. El muchacho pudo ver entonces los
muebles del cuarto con mayor claridad: la mesa redonda de roble, las sillas. Una palangana
colgaba de una pared con un espejo. Puso su portafolio en la mesa y esperó.
—Pero, ¿cuánta cinta tienes aquí? —preguntó el vampiro y se dio la vuelta para que el
muchacho pudiera verle el perfil—. ¿Suficiente para la historia de una vida?
—Desde luego, si es una buena vida. A veces entrevisto hasta tres o cuatro personas en
una noche si tengo suerte. Pero tiene que ser una buena historia. Eso es justo, ¿no le parece?
—Sumamente justo —contestó el vampiro—. Me gustaría contarte la historia de mi vida. Me
gustaría mucho.
—Estupendo —dijo el muchacho. Y rápidamente sacó el magnetófono de su portafolio y
verificó las pilas y la cinta—. Realmente tengo muchas ganas de saber por qué cree usted en
esto, por qué usted...
—No —dijo abruptamente el vampiro—. No podemos empezar de esa manera. ¿Tienes ya
el equipo dispuesto?
—Sí —dijo el muchacho.
—Entonces, siéntate. Voy a encender la luz.
—Yo pensaba que a los vampiros no les gustaba la luz —dijo el muchacho—. Sí usted cree
que la oscuridad ayuda al ambiente... —Pero en ese momento dejó de hablar. El vampiro lo
miraba dando la espalda a la ventana.

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